Entre la niebla fría del Atlántico Sur, en 1982, no sólo chocaban aceros entre Argentina e Inglaterra. Una guerra silenciosa, una cacería de voces y murmullos, se libraba en el espectro radioeléctrico. Mientras las fragatas y aviones dominaban los titulares, un ejército clandestino de oídos se desplegó desde puertos, casas y, de manera más audaz e inesperada, desde la cubierta del único portaaviones argentino: el ARA 25 de Mayo. Su arma no era un cañón, sino un equipo de receptores obsoletos de radio. Su munición, las ondas de radio que atravesaban la ionosfera. Esta es la historia olvidada de los radioescuchas que intentaron descifrar los secretos británicos desde el mar.
El cazador de voces: El Collins 51S1
En el corazón de esta operación de inteligencia de señales (SIGINT) latía una pieza clave de tecnología: el receptor Collins 51S1. No era un equipo militar estándar, sino un receptor comercial de alta gama a válvulas, desfasado en el tiempo. Su precisión era legendaria.
- Frecuencia: Operaba en un amplio rango de 0.5 a 32 MHz, cubriendo perfectamente las bandas de onda corta (HF) utilizadas para comunicaciones navales y aéreas a larga distancia.
- Estabilidad y selectividad: Su oscilador de cristal garantizaba una estabilidad excepcional, vital para mantener el punto exacto de una frecuencia enemiga entre la estática. Su capacidad de selección le permitía aislar una transmisión débil de entre el ruido de fondo y otras señales cercanas, como separar un susurro en una multitud.
Estos receptores, junto con otros como los Hammarlund SP-600, se convirtieron en los instrumentos para una sinfonía de interceptación. Algunos de estos equipos estaban almacenados y olvidados desde tiempo atrás en la bodega del ARA 25 de Mayo. De entre todos los que había, algunos se salvaron gracias a otras unidades inoperativas que se emplearon como donantes, transformando al portaaviones no solo en una plataforma de combate aéreo, sino en un nodo flotante de inteligencia. Desde su cubierta, con hilos convencionales tendidos como dipolos, los operadores barrían el espectro radioeléctrico, tratando de captar las comunicaciones entre los buques de la Royal Navy, los cazas Harrier, los espías aéreos y los puestos de mando avanzados.
La red de oídos civiles: El Radioclub Bahía Blanca
La operación no se limitaba al mar. En tierra, una red de voluntarios, muchos pertenecientes al Radioclub Bahía Blanca, replicaba la búsqueda. Desde sótanos y estaciones improvisadas, estos radioaficionados, expertos en navegar por el caos de las bandas HF, se unieron a la Agrupación de Comunicaciones de Operaciones Electrónicas 601. Su misión era paralela a la de los hombres en el portaaviones: barrer el espectro, capturar, grabar y reportar. Era una inteligencia distribuida, un sistema nervioso cuyos sensores llegaban hasta los cuartos de radio de algunas casas particulares.
La cacería y el trofeo: Éxitos en el espectro radioeléctrico
La guerra invisible tuvo sus momentos de victoria. Los receptores como el Collins atrapaban transmisiones británicas enviadas «en claro» (sin cifrar), un error táctico que dejaba al descubierto movimientos y frustraciones y que respondía al alter ego británico.
- En una ocasión legendaria, fue el acento lo que delató una unidad de élite. Los radioescuchas, con oídos entrenados, identificaron los dialectos particulares de los operadores de los Guardias Escoceses, confirmando su presencia en Monte Kent. Una pieza de inteligencia pura, extraída no de un código descifrado, sino de la inflexión de una voz capturada entre la estática.
- La radiogoniometría (triangulación) permitió, en algunos casos, fijar la posición aproximada de buques o puestos de mando enemigos, información preciosa para planificar ataques aéreos o navales.
- Incluso el portaaviones ARA 25 de Mayo pudo evadir un ataque por escasos minutos de margen al saberse observado por los observadores aéreos británicos, cambiando su rumbo para aumentar suficientemente la distancia con el enemigo como para imposibilitar el hipotético alcance de los cazas británicos.
Frente a lo aventurado e inconsciente del uso en abierto del inglés por parte de las fuerzas británicas, los argentinos hicieron lo mismo pero con una estrategia clave: el uso del “guaraní”, una lengua indígena americana de la familia tupí-guaraní practicada en el Cono Sur americano. Para ello, desde el portaaviones ARA 25 de Mayo, se pusieron a operar como radio enlaces a cocineros y personal de servicio que tenían un solvente manejo sobre esta lengua. Los ingleses, lejos de sospechar de las transmisiones argentinas, las descartaban como posibles transmisiones de pesqueros chinos.
La sombra del adversario: La ventaja británica
Sin embargo, en esta partida de ajedrez radioeléctrico, el oponente jugaba con piezas superiores y conocía el tablero demasiado bien. Mientras Argentina dependía de equipos comerciales y el ingenio de sus voluntarios, el Reino Unido movilizaba toda su red global de interceptación, incluyendo la poderosa Government Communications Headquarters (GCHQ) y estaciones en Ascensión, Chile e incluso submarinos.
El golpe maestro fue un secreto que ensombreció todos los esfuerzos argentinos: las máquinas de cifrado suizas Hagelin utilizadas por las Fuerzas Armadas Argentinas tenían una «puerta trasera». La CIA había facilitado este conocimiento a los británicos. Cada orden cifrada desde Buenos Aires a las islas, cada reporte de inteligencia, pudo haber sido leído por el enemigo casi en tiempo real. Era como jugar al póker con las cartas boca arriba.
El legado en la estática
La guerra terminó, pero el eco de aquella cacería permanece. La participación de los radioescuchas, especialmente la audaz idea de operar desde el portaaviones ARA Veinticinco de Mayo, representa un capítulo único de ingenio y resistencia. Fue un intento de nivelar, con tecnología comercial y oído humano, una profunda asimetría tecnológica. Sus historias, muchas aún en la penumbra, nos recuerdan que detrás de los mapas de batalla y las estadísticas, hubo hombres escuchando en la oscuridad, tratando de dar sentido a los susurros del enemigo, en una guerra donde la información era tan letal como cualquier misil. Fueron los cazadores de sombras en las ondas de radio, y su historia es un misterio que todavía espera ser contado en su totalidad
EA1JAB – Norberto – ¡Feliz radio! ¡73’s!






